Por: Erika Fonseca
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El cartel como pieza de diseño tiene una larga historia. De algún modo, su naturaleza ha sido fiel a sí misma desde su nacimiento; aunque la evolución de la tecnología ha sido impresionante, no sólo por la magnitud del avance tecnológico para crear gráficos sino por los avances en la imprenta.

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La litografía fue inventada en 1798 por Aloys Senefelder (fecha también en la que los hermanos Lumière lanzan sus primeras proyecciones de imagen animadas) El proceso litográfico permitía a los artistas alcanzar la gama de color del arcoíris con tan sólo tres piedras. El resultado era una intensidad inigualable, incluso hoy en día. Esto impulsa la capacidad de combinar imagen y tipografía en un formato que marca la innovación en la comunicación.

Así, para 1890 en pleno auge de la “Belle Époque” la afición del cartel llegó a su esplendor. Fue justo cuando Toulouse-Lautrec llevó el estado del cartel a la categoría de arte. Más tarde, la primera guerra mundial y la revolución bolchevique reposiciona el cartel con un nuevo espíritu: la propaganda (publicidad política, este término, no debe usarse para publicidad comercial). Mucho más tarde, el posmoderniso y la era tecnológica revolucionan el cartel y la tipografía.

El cartel ha evolucionado junto con el papel y la imprenta, el cambio ha sido contínuo durante el útlimo siglo para adaptarse a las necesidades de la sociedad y la cultura. Los nuevos soportes han dado pie a una nueva era donde ahora el cartel sirve como elemento de publicidad, arte, propraganda, etc.

Esta evolución paulatina y constante, de algún modo, nos lleva por la evolución en la historia de la tecnología relacionada con las artes gráficas.

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