El deporte siempre estuvo relacionado con cosas nutritivas, con el agua, con frutas y verduras; con alimentos que permitan una vida mucho más saludable en especial para todos aquellos que llevan un acondicionamiento físico todos los días.

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Sin embargo los estereotipos alimenticios se han ido modificando, en especial en la última década, para llegarle al público amante del deporte a través del estómago. Los estadios o centros deportivos se han convertido en el principal expendedor de la famosa “Vitamina T”: tacos, tortas, tostadas y si a eso le agregamos las pizzas, las papitas, el refresco, la chela pues sobra decir que el deporte ya está convertido en un sistema nutriológico poco sustentable pero con una fuerte estrategia de marketing y publicidad BTL que da la impresión de que la competencia no está en realidad en el terreno de juego sino en las tribunas y en los alrededores del estadio a través de las distintas marcas.

Por ejemplo, una reconocida marca de cerveza internacional, un producto alcohólico que por esencia debería estar alejado de la línea deportiva, es el principal patrocinador de la UEFA Champions League, el torneo de liga a nivel de clubes más importante del mundo. Difícilmente vemos que se geste el patrocinio de algún torneo o club con una marca que produzca ensaladas, a lo mucho, determinados productos lácteos.

Pero esta relación del desbalance alimenticio en masas que nos incita a disfrutar aún más de un partido de fútbol, de béisbol o de fútbol americano, no se queda atrapado únicamente en las inmediaciones de un estadio. El éxito derivado del consumo de la gente al estar en contacto directo con la marca cuando disfruta de un evento deportivo va más allá y ellos lo saben, me refiero a los deportistas. En el argot futbolero son varios los jugadores, retirados o en activo que le han apostado a la gastronomía “popular”, para mantener el contacto directo con los aficionados y no romper con la tradición de que un buen partido de fútbol no se disfruta con una deliciosa salsa de guacamole y un crujiente chicharroncito, con su respectivo “chesco” o la “chela”.

Los casos más específicos en México son el del ex portero de la selección mexicana Jorge Campos y el actual delantero del Puebla, Cuauhtémoc Blanco que le pusieron colmillo y “otros ingredientes” a su negocio restaurantero y que han tenido rotundo éxito hasta la fecha.

Campos se decidió por el negocio de las tortas y sus franquicias ya tienen presencia en varios estados de la República Mexicana, además de California y Texas, en Estados Unidos. De pierna, milanesa, cubanas, de salchicha, con quesillo, de qué hay variedad, es un hecho y ese “estupor” alimenticio conecta como por arte de magia a los aficionados con el fútbol.

En el caso del “Temo”, se decidió por una marisquería al sur de la ciudad de México y que también ha sido una clave de éxito incluso para pensar en reactivar su marca en algún estadio más adelante.

Guillermo Ochoa, actualmente portero de la selección mexicana y del Málaga en la Liga española, también le invirtió a una tortería, siguiendo la tradición familiar desde 1958. O qué me dicen de Gerardo Torrado y su negocio de helados de yogurt.

A nivel internacional, destacados cracks también decidieron invertirle a la comida o incluso a las bebidas alcohólicas. El mediocampista español Andrés Iniesta, apasionado de los buenos vinos, decidió crear su propia línea, además de comercializarla.

Lionel Messi, el destacado delantero argentino del Barcelona y actualmente considerado el mejor jugador del mundo, también posee una bodega vitivinícola, en la que distribuye vinos de su propia creación.

Los negocios mencionados no son meramente alimentos más adecuados para una vida deportiva sana, pero sin duda ya se convirtieron por naturaleza en la esencia de los deportes más atractivos en todo el mundo.

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