Antes del BTL ya existían sus técnicas y estrategias de mercado, es por eso que innumerables personajes de la historia han aplicado sus herramientas. Si piensa en Shakespeare, Maquiavelo y Cervantes; los tres entendían el concepto Below the Line.

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La frase “Ser o no ser” del Hamlet de Shakespeare es un slogan que ha tenido una evolución de miles de respuestas con otros slogans para hacer activaciones, Mercadotecnia viral en Internet y promociones de todo tipo. Algunos han respondido con “Sólo hazlo” y otros han creado procesos de marketing dando solución a esta duda.

Cuando Shakespeare escribió “El mercader de Venecia” lo que hizo fue dar lecciones de cómo se vende en trato directo, aplicando BTL. Shylock hace tratos directos a riesgo de su vida. Eran los tiempos de los comerciantes.

Pero Shakespeare mismo fue creador del teatro The Globe, de su propia compañía teatral con la cual llegó a vender obras a la Corte. Pero no fue el único que se valió del trato directo con el cliente, también lo hizo Maquiavelo, precursor de la Mercadotecnia política. Incluso, el propio Nicolás Maquiavelo le dedica su producto “El Príncipe” a su principal cliente, César Borgia.

Shakespeare estudiaba a sus primeros clientes, la Corte isabelina (que eran sus espectadores), luego a sus actores, para finalmente escribir “por encargo” al servicio de todos sus clientes. Algo parecido ocurría con la poetisa del siglo XVI, Sor Juana Inés, quien escribía para su clienta la virreyna y para tener un trato privilegiado en la Corte.

El Quijote de La Mancha dice que “Mientras se gana algo no se pierde nada”, “Oficio que no da de comer a su dueño, no vale dos habas”, “Tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto vales, Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una abuela mía, que son el tener y el no tener”. Con frases como éstas, el Quijote es el segundo libro más vendido en la historia de la humanidad, después de la Biblia. ¿Cómo se vendió?, gracias a su capacidad de hablarle de frente al consumidor, de crear un producto que le hablara a la gente de lo que ve todos los días. Si se vendían entonces sólo libros de caballerías, Cervantes hizo el propio, pero con un caballero ocurrente y jubilado.

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