El mercantilismo del género

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Antes de que afile los dientes y saque las uñas, le invito a ver la colaboración desde el ánimo de mi percepción personal sobre un tema, desde la óptica que me permite ver que aunque no comparto la situación prevalece y que ante ello, puritanos o no, nos toca poner en la mesa la situación.

Como he comentado en diversas columnas anteriores, el marketing social se ha convertido en una nueva forma de entablar conversación comercial y gubernamental. A la vez que ha permitido que algunos temas atorados logren destrabarse o por no menos hacerse visibles.

En el caso particular, los temas de género han sido objeto de innumerables campañas, tanto para empoderar a las mujeres, como para salir en su defensa. Hemos visto como los derechos venden, y venden a tal grado que muchas marcas buscan adoptar responsabilidades con propuestas activas para montarse en la tendencia.

Así como las marcas han decido comprometerse y responsabilizarse de sus actos bajo la bandera de ser activistas, lo verdad del asunto es que tales actos no dejan de ser materiales comerciales de posturas filantrópicas y sociales.

Somos una empresa de mujeres que elabora cosméticos orgánicos”, “En esta empresa no discriminamos, usted puede ver como hemos incluido personas trans en diversos puestos”, “Tenemos repartidores y también repartidoras de pan, de hecho son más comprometidas”. De tal suerte que la integración se ha convertido en parte de las fortalezas a la hora de hacer campañas.

Las empresas han encontrado en la inclusión un discurso que les asegura adeptos, sin embargo, es importante ser cuidadoso en dichos planes y estrategias. Meses atrás Hershey’s México lanzó una campaña con influencers, la cual se basaba en ayudar a personas en situación vulnerable. No quiero ahondar en detalles, pero los efectos no fueron los deseados.

Sé que la campaña anterior no tiene mucho que ver con cuestiones de género, pero sí con estas tendencias en donde tratamos de resolver el mundo y el pasado oscuro que tenemos. El asunto es que en tal intento incurrimos en muchos de los errores que deseamos contrarrestar. Los derechos y libertades sexuales se han convertido en un mensaje que esta llegando a niveles de saturación y por tanto de indiferencia y olvido.

No solamente comercializamos con las féminas, también lo hacemos con los caballeros, con los niños, con los ancianos, los roles y tribus urbanas, con los perfiles emblemáticos de la población. Emplear dichos roles y personas ¿es correcto? ¿nos lleva a un buen camino? ¿es la única posibilidad? ¿vale la pena?

 

 

 

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