Una mentira, repetida adecuadamente mil veces, se convierte en una verdad. Ésta frase, que popularizó en su momento el Ministro de Propaganda de la Alemania Nazi, Joseph Goebbels, hoy cobra una gran relevancia a propósito de la inmediatez de las redes sociales y la fácil penetración de la comunicación de masas la era actual.

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La urgencia por comunicar por medio de las redes sociales y en tiempo real lo que estamos haciendo, suele ser un arma de dos filos; ya que si bien es un acto de comunicación eficaz, también puede exhibir, y de manera amplificada, nuestra ignorancia. Para muestra, existen muchos casos, pero el más reciente, realizado por la revista Chilango en la Ciudad de México, confirma la hipótesis de manera muy jocosa y clara.

La revista, que con el afán de exponer el comportamiento humano ante una situación digna de compartir en redes sociales, aprovechó el marco de la pasada feria de arte Zona Marco para mostrar a una periodista disfrazada del personaje cuyo arte, sólo unos días antes, había causado un gran revuelo en el museo Tamayo de la Ciudad de México. Ataviada con una peluca, sentada en una silla de ruedas y armada con un montón de calcomanías circulares y de colores fluorescentes, la falsa artista japonesa Yayoi Kusama recorrió los pasillos de la feria cultural para observar las reacciones de la gente.

El experimento fue todo un éxito. De pronto, decenas de personas se acercaron a la impostora para tocarla, sacarse una “selfie” con ella, subir la imágen inmediatamente a su muro y “presumir” su afortunado encuentro. Nadie cuestionó lo que veían sus ojos, después de todo, no eran los únicos que acosaban a la persona en cuestión y si muchas otras personas lo hacían, no se quedarían atrás.

Se trata de una peculiar conducta humana que en el ámbito de las redes sociales toma mayor fuerza: “el borreguismo”. Somos capaces de creer y hasta defender lo que vemos en redes sociales o ha sido avalado por muchos. Esas mentiras repetidas con tal frecuencia que se vuelven verdades y nos encargamos de repetir más.

El riesgo es tal, que las quimeras incluso saltan a medios de comunicación carentes rigor periodístico y éstos les dan un tratamiento de hechos reales, siéndolo entonces en el entender de la gente que se traga completa la nota.

Lo peor es que muchas personas y marcas algunas veces pagan los platos rotos de un desastre que quizá nunca existió, pero que es creíble en muchos de nosotros.

Así que, las marcas que manejamos los profesionales del marketing están expuestas al dichoso “borregismo”, en muchos casos para generar grandes expectativas y crear lazos positivos con el mercado, pero en muchos otros para ser víctimas de una gran difamación. ¿Estamos preparados para actuar ante ello?

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