La Epidemia más allá del Contagio

Por Manuel Moreno Rebolledo

manuel-moreno.jpg En la que fue su última comedia escrita “”la obra-ballet “El Enfermo Imaginario”””, Molií¨re nos recuerda que casi todos los hombres se mueren por causa de sus medicinas y no por sus enfermedades.

En lo que nos ocupa, nuestra población está siendo atendida con las mejores armas disponibles: una extensa campaña de difusión de alerta sobre la enfermedad y un antiviral que ya está siendo suministrado en los casos de evidencia sintomática.

Sin embargo, la medicina que han prescrito nuestras autoridades sanitarias y polí­ticas, ha dejado un saldo nada prometedor en la otra enfermedad que, ya crónica, padecemos: la suspensión de clases a todos los niveles y el paro temporal de actividades no esenciales (centros de entretenimiento y restaurantes, entre los más afectados), nos avisan un costo de casi el 1 por ciento del PIB y un descenso de las expectativas económicas “”hay que recordar que ya estábamos en crisis antes de la influenza””, de hasta un -6 por ciento de acuerdo con algunos estudios del sector privado. Esto nos ubica, según expertos, en una contracción económica similar a la vivida en 1995.

Adicionalmente, y es algo de lo que aun no se ha contabilizado el daño, están los efectos internacionales que van desde el retraimiento de nuestro comercio exterior y el turismo internacional, consecuencia de la desinformación que en forma de discriminación va desde la xenofobia en su más autárquica expresión (como en el caso de Haití­ que rechazó un cargamento con ayuda humanitaria proveniente de nuestro paí­s); la xenofobia desenmascarada (que va desde los insultos a nuestros futbolistas en Chile y las declaraciones de las autoridades de Argentina, entre otros, ““parece que a Chilenos y Argentinos se les olvida quién les abrió la puerta después de sus respectivos gorilatos); la xenofobia recalcitrante (que como “medidas precautorias” se tienen en la mayorí­a de aeropuertos europeos, especialmente en Alemania y Francia); hasta la xenofobia que no merece otro calificativo de estúpida (como la de China, que por medio de una irracional cuarentena impuso a mexicanos sin contagio alguno, o la de Singapur que “”más retardada aun””, promete la cárcel al momento de llegar siquiera). Eso sin mencionar la faceta más absurda del mexicano que llevó a unos cuantos animales a apedrear en Acapulco automóviles procedentes de la ciudad de México.

¡Vaya tamaño de trabajo que nos espera! Por un lado, está el continuar la campaña de prevención interna para aminorar los efectos del virus de la influenza y desde ya, estar diseñando otra para que, de manera casi inmediata, se haga de la precaución por la salud una parte infaltable de nuestra cultura nacional (ojo, sin caer en la exageración que lleve a la hipocondrí­a); por otra parte, está el ejecutar cabildeos eficaces entre las principales corrientes polí­ticas del paí­s que ojalá “”aprendiendo de lo sucedido””, se den cuenta de que trabajar juntos reditúa y así­, pactando un programa anticí­clico viable y efectivo, que más que beneficiar a cualquier partido nos beneficie a todos, active la economí­a a través de la inversión privada y pública; y, por si fuera poco, nos queda el tema más espinoso: recuperar la reputación internacional lo más rápido posible.

La xenofobia (no debiendo serlo), es parte de la naturaleza humana. Un gran número de conflictos internacionales, se debe a este tipo de aversión. Como mencionaba lí­neas arriba, hay fobias al extranjero (un extraño enemigo, dirí­a el himno nacional) que se exacerban por diferentes causas y sólo buscan una excusa para aflorar.

Un programa internacional de relaciones públicas, conducido por personas que sepan del manejo de medios globales y locales; que sepan cuándo, cómo, dónde y con qué objeto difundir una noticia; y que conozcan el arte del cabildeo que ofrezca verdad y no supuestos entre lí­deres de opinión de diferentes paí­ses podrá, si no acabar con la xenofobia, sí­ con la discriminación que, expresada de manera diferente en cada lugar, tiene parte del mundo hacia nuestro paí­s. Y habrá que sumar el daño que seguramente causará el error del presidente Calderón por no usar el simbólico tapabocas mencionando directamente a esos paí­ses. No fue polí­ticamente correcto.

No será un trabajo sencillo ni rápido. Baste un ejemplo: dada la cerrazón que China tiene hacia los medios internacionales y el control absoluto que tiene sobre los nacionales, a este paí­s le ha costado mucho tiempo (con todo y la organización de unos juegos olí­mpicos) el que la mayorí­a de las opiniones en el mundo dejaran de estigmatizar al sureste asiático como cuna y fuente de la gripe aviar. Aun ahora, casi 6 años después del primer caso, se sigue mencionando a China como parámetro al primer signo de una nueva variedad de gripe o influenza.

Errores de este tipo, en los que los gobiernos creen que cerrando sus fronteras informativas al mundo y tratando de controlar la información que natural y libremente debe fluir, van a terminar con el mal, son comunes. China y Cuba lo viven con el tema de los derechos humanos; Bush, en Estados Unidos, lo vivió con Afganistán y repitió el error con Irak; Corea del Norte con el asunto del armamento nuclear; Rusia con las mafias y la corrupción, entre otros.

Mientras tanto, de regreso en México, cabrí­a hacerse unas preguntas que también podrí­an ser ejemplo de cómo incrementar una mala reputación: En todo esto, ¿Qué hizo la medicina privada? ¿Dónde se escondieron, por ejemplo, los Vázquez Raña de la influenza? ¿Dieron acaso sus hospitales consultas gratuitas para la atención a enfermos? ¿Cedieron estos hospitales algunos espacios en forma gratuita o sólo atendieron a quien pudo pagarlas?

Y las grandes cadenas de autoservicio y departamentales ¿Hicieron algún donativo a hospitales públicos o a enfermos?

Y las cadenas farmacéuticas, esas que dicen en su eslogan que nos quieren bien, ¿Donaron jeringas, medicamentos o algo que pudiera ayudar a los enfermos? ¿Y el Dr. Simil?

Decí­a el poeta griego Hesí­odo: “La vergí¼enza viene en ayuda de los hombres o los envilece”.

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