Antes de que me profieras un insulto o queja, permíteme demostrártelo.
Entremos de lleno, sin rodeos:
¿Cómo nombras a la mandataria de un país? ¿Dices “la presidente” o “la presidenta”?
Piénsalo un momento antes de seguir.
Si eliges “presidenta”, como lo hace la mayor parte de la gente, la lógica indica que entonces tendrías que llamarle “presidento” al hombre que preside.
Que quizá, debamos decir “habitanta y habitanto” en lugar de habitante, o “residenta y residento” en lugar de residente, …y “estudianta y estudianto” en lugar de estudiante.
La lista podría seguir.
Lo cierto, es que la discusión sobre presidenta y presidente es un buen ejemplo de esa pereza intelectual que sufrimos al asumir que se trata de un tema de ideología de género, antes de preguntarnos qué dice la gramática.
Hoy, dejamos de pensar en las palabras y empezamos a obedecer tendencias sin cuestionarnos su coherencia y su sentido lingüístico.
Preferimos sonar alineados antes que sonar claros.
Uno de los ejemplos más evidentes es la obsesión por “genderizar” o atribuir género a palabras que en realidad no tienen implícito el sexo de quien ejerce una función; ese es justamente el caso de “presidenta”.
El problema es que “presidente” no nace del género masculino, sino que hace referencia a quien preside, sin contemplar si es hombre o mujer. Proviene del latín “praesidens o praesidentis” que significa literalmente quien está sentado al frente o quien dirige. El sufijo “ente” no marca sexo, solo indica a la persona que realiza la acción, en este caso: presidir.
Así, quien preside es presidente, quien habita es habitante, quien estudia es estudiante.
Afortunadamente para aquellos defensores de la palabra “presidenta”, la propia Real Academia de la Lengua Española reconoce que tanto “presidente” como “presidenta” son formas válidas. Pero eso sí, sigue aclarando que la palabra “presidente” puede utilizarse para ambos sexos porque, como indico arriba, el término no nació como masculino.
El verdadero problema radica en que no discutimos desde la lingüística, sino desde la presión cultural.
Las palabras dejaron de analizarse racionalmente y empezaron a funcionar como distintivos morales. Quien cuestiona ciertos usos lingüísticos es acusado de intolerante, aunque el cuestionamiento sea puramente lógico o gramatical.
Entonces, ¿somos irracionales?
Lo anterior revela un fenómeno fascinante: al pensar y comunicarse, el ser humano es muchísimo menos racional de lo que creemos.
El psicólogo y ganador del premio Nobel, Daniel Kahneman, explicó durante décadas que gran parte de nuestras decisiones son emocionales e intuitivas, y solo después las justificamos racionalmente.
En su teoría del Sistema 1 (rápido, emocional y automático), Kahneman describe perfectamente lo que ocurre hoy con el lenguaje público: primero adoptamos una postura emocional; después buscamos argumentos para defenderla. Algo que resulta muy familiar a quienes hemos estudiado neuromarketing, en particular cuando se refiere a la decisión de compra.
Por otra parte, el lingüista Steven Pinker, profesor de la Universidad de Harvard, ha señalado repetidamente que el lenguaje evoluciona de forma orgánica, y no mediante decretos ideológicos. Intentar forzar cambios artificiales suele generar resistencia, confusión o distorsión semántica.
Eso es exactamente lo que estamos viviendo.
La gente ya no sabe si hablar “correctamente” significa comunicarse con claridad, o debe mejor evitar ser cancelada.
Ese miedo está destruyendo la precisión del lenguaje.
Las empresas lo padecen todos los días. Comunicados llenos de términos inflados, inclusiones innecesarias y frases kilométricas diseñadas más para no ofender, que para transmitir una idea con claridad.
El resultado es paradójico: mientras más intentamos sonar conscientes y empáticos, menos entendibles nos volvemos.
El mismo George Orwell lo anticipó brillantemente en su ensayo Politics and the English Language: cuando el lenguaje se degrada, también se degrada el pensamiento. El uso de palabras vagas, infladas o ideologizadas termina erosionando la capacidad crítica de las personas.
Quizá eso explica por qué cada vez discutimos más… y entendemos menos.
Porque dejamos de usar el lenguaje como herramienta de precisión y empezamos a usarlo como herramienta de identidad.
El problema de fondo no es decir “presidenta”. El dilema es asumir que quien no lo hace, automáticamente es menos consciente, menos empático e incluso, machista o ultraconservador radical.
La comunicación sana necesita contexto, lógica y claridad. No obediencia ciega.
Bien vale la pena hacer una necesaria pausa para cuestionarnos:
¿En qué momento dejamos de pensar lo que decimos… y empezamos simplemente a repetirlo para encajar?
¿Qué opinas?
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