¿Estás teniendo que adaptarte? ¡Felicidades!

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El otro día, buscando información acerca del concepto de “adaptabilidad”, tan necesario en los tiempos que corren, me crucé con un artículo muy, muy antiguo (del año 2011) que explicaba: “Vivimos en una era de riesgo e inestabilidad. La globalización y las nuevas tecnologías se han combinado para alterar el entorno empresarial y sumergir a muchos CEOs en una profunda sensación de incertidumbre que les exige adaptarse”.

 

Más allá de provocar un flashback a cualquiera que supere los 30 años de edad, nos ayuda a ver que siempre habrá algo en boga que fuerce a las empresas a reacomodarse a un nuevo contexto. Hace una década eran la globalización y la tecnología, hoy son el Coronavirus y la recesión y mañana habrá otras, se llamen como se llamen.

 

El concepto de adaptabilidad nunca ha sido una novedad. Existe desde que existimos los seres vivos. Todo el tiempo está ahí, esperando a que le prestemos atención, pero sólo recurrimos a él en momentos de desesperación. Por ejemplo, para evolucionar cuando estamos luchando por nuestra supervivencia. Cuando ya hemos probado todo lo demás y nada funciona, nos resignamos a adaptarnos como último recurso. Pero el resto del tiempo solemos olvidarlo. Si las cosas van lo suficientemente bien, preferimos enfocarnos en perfeccionar esas “fórmulas del éxito” que encontramos y no queremos perder, justamente para no tener que transitar de nuevo la temida e incómoda etapa de adaptación y cambio.
Pero, ¿qué pasaría si en lugar de estar buscando ser realmente buenos para hacer algo en particular, para ya nunca más tener que cambiar, trabajáramos para ser muy buenos en aprender a hacer cosas nuevas todo el tiempo?
Viéndola de esta manera, la adaptación ya no sería una etapa sino una constante en nuestros quehaceres cotidianos, que seguramente sufriríamos menos y disfrutaríamos más. Así como los músculos de nuestro cuerpo dejan de doler una vez que los entrenamos lo suficiente, la adaptabilidad no duele si se vuelve un ejercicio continuo.
Tratar de hacer de la vida una ciencia exacta en la que sepamos exactamente qué sucederá en el minuto siguiente, además de imposible sería muy aburrido. Nadie quiere salir cada mañana teniendo absoluto conocimiento de todo lo que va a pasar en las siguientes veinticuatro horas. Nuestra cotidianeidad se convertiría en una especie de “Truman Show” del que seríamos a la vez directores y protagonistas. Estar en control de nuestras vidas nos podrá dar paz, pero definitivamente no nos ayuda a ser más felices.
En cambio, abrazar los nuevos contextos que se nos presentan, aprender de ellos y adaptarnos a ellos, nos hace crecer. Nos permite salir de la rutina y descubrir. Nos hace experimentar realidades alternas, abrir puertas que habíamos ignorado y encontrar nuevas soluciones que jamás se nos hubieran ocurrido en otra situación. Incomodarnos, en el buen sentido.
Adaptarnos es una obligación con nosotros mismos, no para subsistir, sino para trascender como Organizaciones y como seres humanos.

No importa cuán preparados estemos para una crisis, siempre surgirán desafíos inesperados en el camino. Centrémonos en lo que sí está en nuestro control, que es la actitud con la que enfrentemos cada cambio necesario para evolucionar.

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