En los tiempos en que mi tarjeta de presentación incluía la palabra “creativo”, cuando me preguntaban en qué andaba, respondía “Aquí, salvando al mundo, un anuncio a la vez”.

Era una broma rompehielo de creativo mamón pero, también, una burla llena de autocrítica. Comparado con mi papá, que fue médico, o muchos otros profesionales dedicados a tareas esenciales, creía que los publicistas no podíamos influir significativamente en el mundo.

Hoy que ya no me gusta llamarme Creativo – por respeto a las talentosas personas que conforman el área creativa de nuestra agencia – pienso muy diferente.

Cada campaña que nace en los escritorios de una agencia de publicidad y termina en la vida de las personas que llamamos “consumidor”, genera un impacto. Y me rehuso a pensar que lo positivo o negativo de ese impacto sea medido meramente desde lo comercial. Creo que es momento de entender que los publicistas tenemos un gran poder y, por ende, una gran responsabilidad: nos dedicamos a lanzar mensajes al aire, que son propulsados por inversiones enormes, para asegurar que lleguen a millones de personas. Viéndolo así, la buena Publicidad debería ser la que con eso logre mucho más que vender un producto o construir una marca.

Hablo de empezar a buscar que nuestra chamba tenga un impacto positivo en el mundo. ¿Se puede? Yo creo que sí. Nike, con su “Just do it”, además de vender millones de tennis, debe haber motivado a muchas personas a ser mejores (aún antes de que Kaepernick naciera). Refrescos y cervezas están intentando concientizar acerca del plástico. Tenga o no un fin comercial, es mejor que vender diciendo simplemente que te refrescan o te transportan a un mundo ideal.

Pero estos son sólo ejemplos. No significa que, para contribuir en algo a la sociedad desde nuestro rol de publicistas, siempre tengamos que incluir los grandes temas de la humanidad en nuestras campañas. Es mucho más fácil.

Si la próxima vez que nos sentáramos a escribir un spot de radio fuera con la premisa de llevar 20 segundos de sano entretenimiento a quien lo escuche, eso también sería positivo y, entre tanta mala noticia, hasta podría cambiarle la vida a alguien. Sacar una sonrisa con un billboard o sorprender gratamente a alguien con una experiencia de marca de cinco minutos de duración, también. O, de menos, buscar no denigrar a nadie en el intento de vender. Eso aportaría mucho y es muy simple de lograr.

En síntesis, si empezamos a hacernos responsables del efecto que pueden causar los mensajes que creamos y tratamos de que siempre sumen algo, estaríamos aportando mucho, desde nuestra trinchera.

Creo que si todos los que intervenimos en esta poderosa industria aprovecháramos nuestro talento creativo e influencia para el bien común, podríamos convertirla en el verdadero agente de cambio que el mundo necesita, en tiempos tan difíciles como los que estamos viviendo. Y, para no perder de vista el valor comercial de lo que hacemos, las marcas serían las primeras beneficiadas, generando intención de compra por ser los mecenas de este movimiento y la firma de sus acciones.

O sigamos haciendo publicidad que venda un chingo y ya.

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