El partido que no veremos: una reflexión sobre lo invisible que sostendrá al Mundial 2030

Óscar Wenceslao Mora Velázquez, CEO en ENTI. Foto: Cortesía.
Óscar Wenceslao Mora Velázquez, CEO en ENTI.

Por Óscar Wenceslao Mora Velázquez, CEO en ENTI

Hay un momento, antes de cada gran partido, en que el estadio queda completamente vacío. Las luces ya están encendidas. El césped recién cortado huele a tierra mojada. Los técnicos terminan de probar micrófonos, cámaras y marcadores. El estadio respira en silencio, como si supiera lo que se viene.

Me he descubierto, con los años, deteniéndome en ese momento. Quizás sea deformación profesional. Llevo casi tres décadas trabajando con infraestructuras tecnológicas, y los Mundiales tienen sobre mí un efecto extraño: me hacen pensar en lo que no se ve. En todo lo que tendrá que funcionar perfectamente para que ese silencio del estadio se llene, después, de gritos, transmisiones, pagos, accesos, transportes, hospitales preparados, sistemas migratorios sincronizados, redes de seguridad en estado de alerta. Y a veces, cuando lo pienso despacio, me asombra: ¿cuándo dejamos de mirar lo que sostiene nuestras vidas?

El Mundial 2030 será, casi con seguridad, el evento más tecnológicamente complejo en la historia del deporte. Tres continentes. Seis países anfitriones. Decenas de estadios. Miles de millones de espectadores conectados al mismo tiempo. Y aun así, cuando escucho las conversaciones públicas sobre lo que se viene, siento que estamos hablando solo de la superficie. Del marcador. Del balón. De los jugadores.

Casi nadie habla de lo que respira debajo.

 

La paradoja de lo invisible

Una de las verdades más sencillas y más olvidadas de nuestra época es que las cosas más importantes de la vida moderna son invisibles. La electricidad que llega al hogar. El agua potable que sale de la llave. Las redes que conducen tus mensajes a través del océano en milisegundos. Los servidores donde duermen tus fotografías. Las miles de personas, en turnos nocturnos, que coordinan que el mundo siga funcionando mientras tú dormías.

Solo notamos esos sistemas cuando fallan. Y cuando fallan, nos damos cuenta —tarde— de cuánto dependíamos de ellos.
Esa es, creo, la lección moral más profunda de la infraestructura: nos sostiene precisamente cuando no la notamos. Es el privilegio civilizatorio del olvido. Es el lujo silencioso de no tener que pensarla.

Pero ese lujo tiene un precio. Y el precio es que, al dejar de mirar lo que nos sostiene, también dejamos de cuidarlo. Lo damos por sentado. Suponemos que lo que funciona hoy seguirá funcionando mañana. Y la historia, con paciencia, una y otra vez nos demuestra que no.

 

El Mundial como espejo

Cada Mundial, lo crea uno o no, es un espejo del momento histórico en que se juega. El de 1950, en Brasil, era una pregunta sobre la modernidad latinoamericana. El de 1970, en México, marcó el inicio de la era televisiva global. El de 1998, en Francia, fue el primer gran Mundial del internet doméstico. El de 2022, en Catar, mostró al mundo la nueva geografía del poder económico.

 

¿Qué nos va a mostrar el de 2030?

Va a mostrar muchas cosas a la vez. El centenario de un sueño deportivo. La primera Copa repartida entre tres continentes. La diplomacia compleja que une a España, Portugal y Marruecos, con Argentina, Paraguay y Uruguay como cunas simbólicas. Pero, por debajo de todo eso, va a mostrar algo más íntimo y, al mismo tiempo, más universal: el estado real de nuestra infraestructura civilizatoria. Esa que casi nadie ve.

Si los sistemas sostienen el evento, nadie va a hablar de ellos. Si tropiezan, no se hablará de otra cosa durante semanas.

Y eso me parece tristemente revelador. Como sociedad, hemos aprendido a celebrar el éxito ruidoso y a ignorar la disciplina silenciosa que lo hace posible.

 

La sombra que arroja la velocidad

Si me preguntan qué es lo que más ha cambiado en estos casi treinta años de trabajo, no diría que la velocidad de los procesadores. Ni el tamaño de la nube. Ni la sofisticación de los algoritmos. Diría que ha cambiado nuestra relación con el tiempo.

Antes, una transformación importante en una empresa o en una institución tomaba años. A veces décadas. Hoy se nos exige que la misma transformación ocurra en meses. A veces en semanas.

No estoy seguro de que estemos preparados, como humanidad, para esa velocidad.

Y aquí va una reflexión que probablemente incomode, pero que vale la pena pronunciar: estamos construyendo capacidad más rápido de lo que estamos cultivando conciencia.

Estamos creando tecnologías que pueden hacer maravillas, sin necesariamente detenernos a preguntarnos para qué queremos hacerlas. Estamos digitalizando todo, sin detenernos a pensar qué se gana y qué se pierde en el trayecto.

La inteligencia artificial es el ejemplo más evidente. La discutimos desde el miedo. Desde el optimismo. Desde la regulación. Desde el negocio. Pero rara vez la discutimos desde la conciencia. ¿Para qué la queremos? ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo con ella? ¿A qué le estamos dejando espacio cuando le damos espacio a esto?

Esas preguntas no son ingenuas. Son, probablemente, las preguntas más importantes que podemos hacernos en este momento.

 

Una confesión

Voy a permitirme algo poco frecuente en columnas como ésta: una confesión personal.

Después de casi tres décadas haciendo este trabajo, hay momentos en que dudo. No de la tecnología —la tecnología es solo una herramienta, ni buena ni mala por sí misma—. Dudo de nosotros. De nuestra capacidad colectiva para usar bien lo que estamos construyendo.

Dudo cuando veo organizaciones invertir millones en automatizar procesos sin invertir un centavo en formar a los humanos que los van a operar. Dudo cuando veo gobiernos digitalizar trámites pero no acompañar a sus ciudadanos en esa transición. Dudo cuando veo empresas medir todo y entender muy poco. Dudo cuando escucho conferencias enteras sobre el futuro sin que nadie se atreva a preguntar para quién estamos construyendo ese futuro.

Esa duda, sin embargo, no es desesperanza. Es responsabilidad.

Porque cuando uno lleva años construyendo cosas que casi nadie ve —servidores, redes, integraciones, sistemas que sostienen operaciones críticas— aprende algo: lo invisible no es menos importante. Es más importante. Y cuidarlo requiere algo que la sociedad contemporánea no premia especialmente: paciencia.

 

La pregunta por el humano

Volvamos al estadio vacío. A ese minuto antes del partido.

¿Para qué construimos todo lo que construimos? ¿Para qué levantamos infraestructuras tan complejas, redes tan vastas, sistemas tan precisos? La respuesta más sincera, si nos atrevemos a darla, es esta: para que millones de personas puedan reunirse, durante noventa minutos, alrededor de algo tan irracional, tan inútil y tan profundamente humano como un balón rodando sobre el césped.

Hay algo conmovedor en eso si uno se detiene a mirarlo bien. Toda nuestra capacidad tecnológica, toda la maquinaria moderna, todos los algoritmos y satélites y servidores y datos, sirven, en último término, para sostener algo profundamente analógico: la emoción compartida. El abrazo entre desconocidos cuando entra el gol. El silencio respetuoso cuando se canta un himno. La memoria colectiva que un padre le transmitirá a su hijo, años después, cuando le cuente dónde estaba el día de aquella jugada que no olvidará jamás.

Eso es lo que sostienen los servidores. Eso es lo que protegen los sistemas de ciberseguridad. Eso es lo que viaja por las redes de fibra óptica. No bits. No datos. Emociones.

Memorias. Encuentros humanos.

Cuando se olvida esa verdad, la tecnología se vuelve gris. Pierde alma. Se vuelve un fin en sí misma y deja de ser un puente hacia lo que importa.

 

Lo que se decide debajo del marcador

El Mundial 2030 va a tener resultados visibles: campeón, subcampeón, goleadores, jugadas memorables. Pero también va a tener resultados invisibles que importarán mucho más a largo plazo. Va a poner a prueba, sin proponérselo, qué países han cuidado su infraestructura digital y cuáles han preferido el atajo. Qué organizaciones han pensado en el humano detrás de sus sistemas, y cuáles solo han pensado en el costo. Qué sociedades han mantenido viva la conexión entre tecnología y propósito, y cuáles han perdido el hilo en algún punto del camino.

Esos resultados no van a aparecer en ningún marcador. Pero van a definir buena parte de la economía y de la convivencia de las próximas décadas.

Y aquí está, creo, la oportunidad más profunda que tenemos antes de que llegue ese momento: detenernos a pensar. No solo a planear. No solo a invertir. No solo a digitalizar. Pensar.

Preguntarnos qué tipo de futuro queremos sostener. Y para qué lo queremos sostener.

Porque toda la infraestructura del mundo, por brillante que sea, es solo el escenario. El partido lo seguimos jugando los seres humanos.

 

Una invitación, no una conclusión

No voy a cerrar esta reflexión con una llamada a la acción. Quien escribe columnas sabe que las llamadas a la acción se olvidan demasiado rápido.
En su lugar, quiero dejar una pregunta. Una pregunta que llevo años haciéndome, en silencio, en cada proyecto que inicio: ¿qué estoy construyendo, en realidad, cuando construyo esto?

No solo qué sistema. Qué plataforma. Qué solución técnica. Sino qué tipo de mundo. Qué tipo de vínculos. Qué tipo de posibilidades para quienes vienen detrás.
Cuando el balón ruede en 2030, las cámaras estarán enfocadas en los jugadores. Estará bien. Para eso son los Mundiales. Pero alguien, en algún rincón del planeta, también debería estar mirando lo otro. Lo silencioso. Lo invisible. Lo que sostiene la fiesta sin pedir aplausos.

Esa mirada, creo, es la que más nos hace falta hoy. No la del especialista en tecnología, ni la del ingeniero, ni la del empresario. La mirada del que se detiene a preguntar, sinceramente, qué clase de mundo estamos construyendo bajo nuestros pies.

Si esa mirada se vuelve más común, si más personas se atreven a hacerse esas preguntas en sus propios espacios cotidianos, el Mundial 2030 habrá ganado algo mucho más valioso que una final.

Habrá ganado conciencia.

Y la conciencia, a diferencia de la velocidad, no se construye en meses. Se cultiva. Se elige. Se sostiene.

Quizás ese sea el partido más importante que tengamos por delante.

Y, a diferencia del otro, ese sí lo podemos empezar a jugar hoy.