Hace algunas semanas me encontraba disfrutando en una de mis plataformas favoritas de streaming, una serie que capturó mi atención poco a poco, es una serie de época, donde parte de la historia se desarrolla en la Nueva España, en un periodo por demás oscuro, donde estaba vigente La Santa Inquisición. En ese periodo de la historia, se juzgaba y perseguía a las personas por herejía, actos inmorales, profesar otras religiones; en fin, todo aquello que fuera en contra de lo establecido.
A los acusados, se les sometía a azotes en la plaza pública, torturas inhumanas y en casos extremos podrían terminar quemados en una hoguera a la vista de todos. Esas prácticas me parecieron totalmente escalofriantes y aunque ya han pasado 205 años desde la abolición de La Santa Inquisición, hoy en día, en pleno siglo XXI, pareciera que La Inquisición regresa con más fuerza y con otro tipo de prácticas de tortura que impactan a la sociedad, a las empresas, a las marcas y a los consumidores….
Estoy hablando de las redes sociales, porque a pesar de que se habla con orgullo de la evolución de la humanidad y este mundo ha pasado por 4 revoluciones industriales, parece que estamos regresando a la época del oscurantismo, aquella que señalaba, juzgaba y torturaba, que tenía un verdugo enmascarado que azotaba la espalda a aquellos que quizá pensaban diferente y que dejaba profundas heridas, esa Inquisición de la que les hablo no ha desaparecido del todo, se ha transformado, y tiene otros métodos de tortura, tanto que me atrevo a decir que: La nueva inquisición es digital.
¿Por qué impacta esto en la mercadotecnia?
La respuesta es muy simple, esta inquisición digital de la que hablo causa impacto en algo que toma mucho tiempo construir y sostener:
La reputación
Y no solo estoy hablando del daño a la reputación de una marca, también de un producto, de una empresa, de las personas, de políticos, deportistas, escritores, diplomáticos, artistas, tus vecinos, incluso de ti que me estás leyendo ahora.
Con una publicación malintencionada y un click se puede destruir años de trabajo de una marca, horas de desvelo de un equipo que ha preparado el lanzamiento de un nuevo producto, la causa de un político, el logro de atletas, la creatividad de un escritor, y ¡sí! también la reputación de una persona como tú y como yo.
En un mundo en el que “Funar” se ha vuelto una práctica recurrente y en el que antes de averiguar si lo que se está diciendo es cierto y tiene un fundamento, La nueva inquisición digital, está convencida de la culpabilidad de la persona o entidad señalada y comienza la tortura con comentarios, sin estar enterados de ningún detalle, solo por el gusto de tomar partido por lo que ellos consideran “los buenos” y si no estás de acuerdo con la mayoría prácticamente es un “pecador”.
Las estrategias de marketing en redes sociales son muy poderosas, utilicemos ese poder para aportar valor a las empresas, marcas, proyectos, campañas y a nuestra marca personal. Formar parte de la conversación digital de una tendencia “escabrosa” y atacar a las marcas o personas ya no es “cool”, es solo querer evitar el FOMO sin reflexionar el daño que puede hacer un post.
Desde mi punto de vista como estratega de comunicación y marketing, lo verdaderamente cool o mejor dicho honesto, es tomar decisiones informadas de cuando participar o no como marca en una conversación en redes sociales, es no tener miedo de expresar nuestra opinión, aunque no sea la misma que la de otros, es no agredir por el placer de hacerlo. Tener opiniones diferentes y respetarlas, es la verdadera diversidad.
Todos los mercadólogos hemos sido testigos de los errores que han cometido algunas marcas comerciales y personales por haber hecho un comentario o publicación desafortunada en redes sociales, o peor aún, cuando alguien decide acabar con la reputación de una persona culpándola de actos criminales falsos, y a partir de eso la nueva inquisición digital, ha hecho sus mejores prácticas de tortura, generando crisis reputacionales casi imposibles de solucionar y de olvidar.
Lo peor y lo mejor de todo, es el alcance que llega a tener esta tortura digital, en cuestión de minutos una noticia se esparce de México a Rusia y en menos de 24 horas se habla en todo el mundo de ello. Lo cuestionable es ¿con qué intención se está usando ese alcance exponencial? ¿Para qué? ¿Para destruir ó para construir? ¿Para dar soluciones o solo para someter a marcas y personas al escrutinio público?
Esto no significa dejar de emitir nuestra opinión, porque para eso existe la libertad de expresión, pero cuando uses tu voz, hazlo con conocimiento y sin dobles intenciones, sin querer ver a otros aniquilados, porque tener el poder de opinar también es un acto de responsabilidad.
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