Hasta hace poco, los estacionamientos de Home Depot en diversas ciudades de Estados Unidos eran solo eso: espacios donde clientes llegaban a comprar cemento, pintura o herramientas, y donde, desde hace años, se congregan decenas —a veces cientos— de jornaleros en busca de trabajo. No tienen contratos, no forman parte de la nómina, pero su presencia es constante, parte de la rutina. Ofrecen sus servicios a quien los necesite, y muchos clientes —particulares y contratistas— lo saben: ahí se encuentra mano de obra lista para trabajar, muchas veces sin preguntas.
Los hechos en Home Depot que lo empezaron todo
Pero el pasado lunes 16 de junio todo cambió. En la tienda de Home Depot de Los Ángeles, agentes de ICE (la agencia de inmigración de Estados Unidos) aparecieron sin previo aviso. No era una inspección, al menos no para los que estaban ahí. Fue una redada. Algunos lograron correr. Otros no tuvieron esa suerte. La escena se viralizó en redes y pronto la comunidad interpretó el hecho no como una operación aislada, sino como un mensaje: una declaración de guerra simbólica contra los trabajadores informales y, por extensión, contra la comunidad inmigrante.
Al día siguiente, en otra zona de la ciudad, frente a otra tienda de la misma cadena, se reunieron manifestantes. Llevaban pancartas, gritaban consignas, y pedían que Home Depot aclarara su posición. “No somos criminales, somos trabajadores”, decía uno de los carteles. Lo que para muchos era un punto de encuentro informal, para otros era ahora un punto de vulnerabilidad.
La empresa vendedora de materiales fijó su postura
La empresa no tardó en reaccionar. Según reportó Bloomberg, Home Depot emitió nuevas instrucciones internas a sus empleados sobre cómo actuar en estos casos. El protocolo es claro: reportar cualquier presencia de ICE de inmediato y no interactuar con los agentes bajo ninguna circunstancia. La cadena busca proteger a sus trabajadores y, a la vez, no interferir con autoridades federales.
Además, en algunas tiendas de las regiones más afectadas, se permitió que los empleados que se sintieran emocionalmente afectados por los incidentes se retiraran a casa con goce de sueldo. No es una política corporativa formal, pero fue una medida de contención que varios agradecieron.
Home Depot en una posición compleja
Home Depot está en medio de una situación compleja. Por un lado no denuncia a los migrantes, pero tampoco los protege y muchos menos los contrata. Pero la presencia de los indocumentados se ha vuelto tan común, tan funcional al día a día de la operación, que ignorarla resulta imposible. Muchos clientes no solo compran materiales en la tienda: también contratan ahí mismo a quien los ayude a cargarlos, instalarlos o pintarlos.
Esta práctica ha existido por años y no solo en Home Depot. Es parte de una economía informal que mueve millones de dólares en servicios y que se sostiene, en gran parte, sobre los hombros de trabajadores migrantes —muchos de ellos sin papeles. Hasta ahora, la mayoría de las grandes cadenas han optado por mirar hacia otro lado, tolerando la presencia sin asumir responsabilidad directa.
Migrantes ven como un riesgo estar afuera de la tienda
Pero las redadas cambian el juego. Ahora, lo que antes era rutina, se siente como riesgo. La sola presencia de ICE transforma un estacionamiento en un lugar de miedo.
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El caso de Home Depot es solo un ejemplo de una realidad más amplia. Estados Unidos se apoya silenciosamente en el trabajo migrante. Y aunque este trabajo no siempre aparece en nóminas ni en estadísticas oficiales, sostiene construcciones, limpia jardines y repara techos.









