Mexicanos vuelven a creer: “Podemos llegar a la final”

MX. Imagen especial

Eran pasadas las 15 horas cuando el silbatazo final desató algo más grande que una victoria. Durante unos segundos, el Estadio Azteca (rebautizado para el Mundial como Estadio Ciudad de México) dejó de ser concreto, acero y tribunas para convertirse en una sola voz. Una voz que llevaba años esperando un motivo para volver a ilusionarse.

México acababa de derrotar 2-0 a Sudáfrica en el partido inaugural de la Copa del Mundo 2026.

Y de pronto, después de décadas de cautela, eliminaciones dolorosas y promesas incumplidas, la palabra prohibida regresó a las conversaciones de los aficionados.

“Podemos llegar a la final”, gritó Rodrigo, un aficionado de 27 años envuelto en una bandera tricolor, mientras avanzaba entre la multitud que comenzaba a abandonar el estadio.

No era el único.

La esperanza volvió a escucharse en las calles de la capital.

Y no era para menos. La victoria representó mucho más que tres puntos. México logró por primera vez ganar el partido inaugural de una Copa del Mundo, rompiendo una deuda histórica que parecía perseguir al Tri desde su primera participación mundialista. Todo ocurrió además en un escenario irrepetible: el Estadio Ciudad de México se convirtió en el primer recinto del planeta en inaugurar tres Mundiales distintos, después de hacerlo en 1970, 1986 y ahora en 2026.

El gol que encendió al país

México tardó apenas unos minutos en cambiar el tono de la tarde.

Julián Quiñones aprovechó un error defensivo sudafricano y marcó el primer gol del Mundial 2026. El rugido fue inmediato. Ochenta mil gargantas explotaron al mismo tiempo mientras las tribunas se pintaban de verde, blanco y rojo.

Con ese remate, Quiñones aseguró también un lugar en la historia. Su nombre quedará ligado para siempre al primer gol de la Copa del Mundo 2026, una de esas estadísticas que terminan sobreviviendo al propio torneo.

Durante varios minutos el Azteca pareció temblar.

Los aficionados no sólo celebraban la ventaja. Celebraban el fin de una larga espera. Era la primera vez que México ganaba un partido inaugural de una Copa del Mundo, una deuda histórica que acompañó al Tri durante décadas.

También había algo de revancha en el ambiente. Dieciséis años atrás, México y Sudáfrica habían abierto juntos el Mundial de 2010 en Johannesburgo. Aquella tarde terminó empatada y dejó sensaciones encontradas. Esta vez, en territorio mexicano, la historia fue completamente distinta.

Sudáfrica intentó reaccionar, pero el equipo de Javier Aguirre mantuvo el control del encuentro. Cuando Raúl Jiménez apareció en el segundo tiempo para marcar de cabeza el 2-0, la sensación fue que el partido había quedado resuelto.

La fiesta comenzó mucho antes del silbatazo final.

Pero la tarde dejó también una imagen inesperada fuera de la cancha. Mientras Gianni Infantino encabezaba el protocolo inaugural, una silla permaneció vacía en la zona reservada para las máximas autoridades del país. Era el lugar que habría correspondido a la presidenta Claudia Sheinbaum, quien decidió no asistir al encuentro y seguir la jornada desde un evento ciudadano, ¿miedo a una rechifla masiva?, nadie lo dijo pero lo pensamos, millones lo pensamos.

Del Azteca al Ángel

Mientras el partido terminaba en Santa Úrsula, cientos de personas comenzaron a dirigirse hacia el Ángel de la Independencia.

La escena recordó algunas de las noches más memorables del futbol mexicano.

Banderas gigantes.

Caravanas de automóviles.

Bocinas reproduciendo “Cielito Lindo”.

Familias enteras caminando sobre Paseo de la Reforma.

Horas después del encuentro, miles de aficionados seguían congregados alrededor del monumento para celebrar el triunfo de la Selección Mexicana. La victoria rompió además la racha histórica de partidos inaugurales sin triunfo para el conjunto nacional.

Los cánticos se escuchaban desde varias cuadras de distancia.

“¡México! ¡México! ¡México!”

La lluvia, que amenazó durante buena parte de la jornada mundialista, no logró apagar el entusiasmo.

El Zócalo también se convirtió en estadio

Desde temprano, el corazón político del país había cambiado de rostro.

El Fan Festival instalado en el Zócalo permitió que miles de personas siguieran la ceremonia inaugural y el debut de la Selección Nacional en pantallas gigantes.

Cuando cayó el segundo gol de Raúl Jiménez, los abrazos entre desconocidos se multiplicaron.

Algunos aficionados subieron a hombros de sus amigos.

Otros ondearon banderas sobre las vallas colocadas alrededor de la plancha.

Por momentos, el Zócalo pareció una extensión de las tribunas del Azteca.

La capital vivió una de las concentraciones populares más grandes de los últimos años relacionadas con el futbol. Diversos reportes periodísticos estimaron una movilización masiva de aficionados en distintos puntos de la ciudad durante la jornada inaugural del Mundial.

Entre ellos se encontraba también Claudia Sheinbaum, quien celebró la victoria junto a ciudadanos que siguieron el encuentro en espacios públicos. Durante algunas horas, la emoción futbolera logró algo poco habitual en la vida nacional: desplazar de la conversación pública los debates cotidianos sobre seguridad, agua, política y la compleja relación con Estados Unidos.

Una ciudad tomada por el Mundial

La fiesta comenzó incluso antes del partido.

La ceremonia inaugural convirtió al Azteca en el centro del planeta futbol. Maná, Los Ángeles Azules, Belinda, J Balvin y Shakira encabezaron un espectáculo que mezcló música, referencias culturales mexicanas y la emoción de un torneo histórico organizado por México, Estados Unidos y Canadá.

Afuera del estadio, desde primeras horas de la mañana, los vendedores ambulantes ofrecían camisetas, sombreros, trompetas y banderas.

Los restaurantes de Coapa operaban a máxima capacidad.

Las estaciones del transporte público cercanas al inmueble se llenaron de aficionados llegados desde todos los rincones del país.

Había familias procedentes de Sonora, grupos de amigos llegados desde Monterrey, aficionados de Guadalajara y turistas extranjeros que querían presenciar un momento histórico: el tercer partido inaugural mundialista celebrado en el mismo estadio.

Más de 80 mil espectadores llenaron las tribunas para presenciar el encuentro. No todos habían acudido únicamente por futbol. Algunos buscaban ser testigos de la historia. Otros simplemente querían decir algún día que estuvieron allí cuando comenzó el Mundial de 2026.

Durante semanas se habló de posibles complicaciones logísticas, protestas, saturación vial y escenarios de caos alrededor de la inauguración. Sin embargo, la jornada terminó sorprendiendo incluso a observadores críticos. El periodista Carlos Loret de Mola destacó, en su noticiero nocturno, que la ciudad logró sacar adelante el enorme reto organizativo sin los problemas que muchos anticipaban. Del estadio al Centro Histórico, del Ángel a las zonas mundialistas, la postal dominante fue la de una capital funcionando y celebrando.

Quizá por eso el contraste resultó tan evidente. Mientras México vivía una de las jornadas festivas más importantes de los últimos años, Sudáfrica llegaba al torneo en medio de una realidad compleja. El país africano atraviesa un momento de reconfiguración política tras la formación de un Gobierno de Unidad Nacional encabezado por Cyril Ramaphosa, enfrenta tensiones sociales derivadas del desempleo, episodios de violencia xenófoba y una economía que aún lucha por consolidar su recuperación. Durante noventa minutos, sin embargo, todas esas historias quedaron suspendidas detrás de un balón.

Vuelve la ilusión

Nadie en México piensa que dos goles ante Sudáfrica garantizan nada.

Falta camino.

Faltan rivales más exigentes.

Faltan noches de tensión.

Pero algo cambió este jueves.

Por primera vez en mucho tiempo, la conversación dejó de centrarse en el miedo al fracaso.

La Selección ganó.

Convenció por momentos.

Y, sobre todo, despertó una emoción que parecía dormida.

Cerca de la medianoche, mientras los últimos grupos seguían cantando alrededor del Ángel de la Independencia, un joven observaba la columna iluminada y sonreía.

—Ahora sí creo que podemos hacer algo grande.

A su alrededor, nadie discutió.

Por una noche, México volvió a creer.

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