¡Quién diablos acepta su culpa!

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Muchas cosas nos pueden molestar a nivel personal, por ejemplo: cachar a una persona mintiéndonos en nuestra propia cara, quedarte sin internet mientras haces algo importante, pero sin duda una de las más dolorosas es admitir cuando nos equivocamos… ¡Oh sí! Ni echarse unos tacos sin tu coca bien fría es tan ríspido que asentar una falla.

Y tú me dirás: sí papá, pero todos nos equivocamos. ¡Es de humanos errar!, a lo que les responderé: oh yeah!, pero hay de errores a errores. Y justo es lo que nos hace estar aquí, para averiguar juntos cuáles desaciertos son los que te pueden costar incluso tu chamba. No por cualquier falla debes sentirte un inútil, aunque tampoco debe valerte gorro todo.

Insípidos, sin importancia

Son aquellos en los que no hay nada importante o costoso de por medio, o bien, no ponen en riesgo la integridad de alguien, por ejemplo: derramar un vaso de agua en el piso, romper una hoja de papel por no cortarla bien, o darle un manotazo sin querer a alguien que caminaba cerca de nosotros.

A final de cuentas no dejan de ser descuidos, ¿cierto?, aunque no trascienden porque el daño es mínimo. Todos hemos tenido este tipo de accidentes y los seguiremos teniendo porque no somos robots programados actuando de forma mecánica.

Basta con estar cansado, desviar tu mirada un momento, hacer un movimiento con fuerza…. vaya, algo mínimo y ¡saz!, se puede presentar un accidente.

Para la anécdota…

Una empresa fue contratada para la ejecución de un proyecto dentro de una planta. Aunque el trabajo parecía relativamente sencillo, tenía una que otra complicación, nada que no tuviera solución. Todo marchaba sobre ruedas hasta que un fuerte ruido se escuchó… una estructura se había caído junto con unos plafones.

Había ocurrido un accidente derivado de un trabajo mal hecho por parte de quienes instalaron los plafones. ¿Pero cómo se supo que era un mal trabajo? Bueno, horas antes del accidente resultó que otra parte de la estructura ya se había debilitado sin ejercerle gran peso. Al hacerse una breve revisión salieron algunos desperfectos que reflejaban una estructura endeble, sin reforzar.

Por supuesto se informó lo sucedido al gerente de planta, el cual se mostró bastante comprensivo, puesto que estaba al tanto de lo sucedido con la estructura previo al accidente.

… ¿pero qué pasó después?

El trabajo siguió aunque con más cuidado. Se acordó que platicarían el gerente de planta, el encargado de la obra y la persona que estuvo involucrada en el accidente para comentar lo sucedido. Sin embargo, en un acto poco profesional el encargado de obra habló a solas con el gerente de planta. Desde luego, el encargado de obra arguyó que no era su culpa puesto que había entregado un trabajo en “buen estado”.

¿Tenía razón? Sí y no, por supuesto no entregó piezas cayéndose; no obstante, bastaba levantar los plafones para ver las entrañas de su trabajo en donde sí había aspectos cuestionables sobre el trabajo en “buen estado”.

¿Ser honesto ayuda?

Sí y no (lamentablemente). Al decidir ser honesto se crean vínculos de confianza con los clientes, proveedores, compañeros, jefes, etc., en los que a pesar de los errores, se aplaude la madurez para reconocerlos aceptando las posibles consecuencias que involucra una falla, ya sea conforme a los estatutos de internos de las organizaciones o incluso legales.

Siguiendo con la anécdota y hablando específicamente del encargado de la obra, como bien pudieron ser flexibles dándole chance de modificar los errores (consecuencia: gasto de tiempo y dinero), como también pudieron sancionarlo quitándolo como proveedor de la empresa, así como reparar el daño sin paga alguna; y en casos más severos, llevar el caso a la Secretaria de Trabajo y Previsión Social quienes seguramente lo multarían de forma severa puesto que ese trabajo mal hecho ponía en riesgo la integridad de algún trabajador.

Ahora dímelo tú… ¿te arriesgarías a ser honesto a sabiendas de las consecuencias o tomarías las postura del encargado de obra?

Conclusión

Nadie puede obligarte a actuar de determinada manera, tienes libre albedrío para elegir ser honesto… o no serlo. Este medio me permite ponerte una perspectiva que podría ayudarte a tomar una mejor decisión: sé honesto, siempre elige ser honesto.

En mi experiencia, al actuar de forma honesta disminuye las consecuencias. Es más fácil arreglarte en corto que escalar los problemas con peces gordos en una organización o incluso legales.

En cada giro de trabajo vas conociendo a la competencia. Escuchas lo bueno y lo malo de cada empresa o de alguna persona en particular. Mentir podría hacerte ganar mucha lana en poco tiempo, aunque tarde o temprano vas a resbalar. ¿Por cuánto quieres quemarte?

Estoy seguro que no quieres ser tú al que tachen de mentiroso cerrándote puertas para hacer contactos, firmar contratos o expandir tu negocio.

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