Oh, oh oh… Amateur

Hanzel Monge, Associate Marketing Manager en Polaris México

Por Hanzel Monge, Associate Marketing Manager en Polaris México

En la mente del principiante hay muchas posibilidades. En la mente del experto hay pocas.” Shunryu Suzuki lo dijo con una elegancia que te insulta sin que te des cuenta… es una verdad tan incómoda, que duele pensarla. ¿Sabes por qué? Porque tiene razón, y bien sabemos que las verdades que pegan duro son las que parecen ataques personales.

Si me dan la oportunidad, me gustaría parafrasear lo dicho por Suzuki: El día que te paras el cuello de experto, te empiezas a quedar más obsoleto que el Hi5. – Y lo peor es que ni te das cuenta. Ahí andas, repitiendo fórmulas de hace cinco años como si fueran novedad, presumiendo hacks que ya nadie usa, creyendo que tu intuición sigue calibrada. Spoiler: no. La brújula interna también se desmagnetiza, compa, y entre más experto te crees, más se tuerce.

Hace años leí Show Your Work! de Austin Kleon. Ahí estaba yo, muy cómodo, tacita de café en mano, pierna cruzada y lentes a media nariz, cuando de pronto leo el concepto del amateur mindset. Ese estado mental en el que, a pesar de llevar años en la industria, estás dispuesto a aceptar que todavía no sabes todo. Que, aunque tengas callo, experiencia, publicaciones y premios que presumir, siempre hay espacio para la sorpresa. Y eso, aunque suene bonito, también da miedo.

Porque lo más fácil del mundo es estacionarte en la zona de confort. Decir: “Ya la hice, ya me la sé, ya domé la industria”. Y ahí estás, sintiéndote el Messi del marketing, muy confiado, muy experto… hasta que llega un algoritmo, un update, una red social nueva o un Gen Z con energía ilimitada y te deja como payaso, no solo te manda a la banca, te pone de aguador. Y duele, sí, pero es educativo, ni modo: a tragarse el orgullo y decidir si quieres seguir jugándola al “experto”.

Trabajar en marketing es como vivir en un simulador que nunca deja de actualizarse. Apenas te aprendes una plataforma, y pum, se extingue. Apenas entiendes un comportamiento del consumidor, y zas, cambia. Apenas logras una fórmula ganadora, cuando la audiencia ya se hartó y te exige otra cosa, algo más auténtico, más entretenido, más real, más todo.

Por eso digo que el modo experto es un arma de doble filo. Te da seguridad, sí, pero también te adormila. Y en esta industria, dormirte es pecado mortal. Quedarte quieto equivale a resignarte a convertirte en un mueble, uno bonito quizá, pero mueble al fin.

Recuerdo un día en particular, revisando un brief de esos que vienen cargados de expectativas, timings imposibles y un “esto tiene que romperla”. Mi equipo me hizo una propuesta “vamos a usar a ____inserte nombre de famoso no relacionado con la industria aquí___ para el lanzamiento de la nueva unidad. Y mi primera reacción, casi automática, fue descartarla: “Eso no va a jalar… no tiene nada que ver con el medio”. En ese momento, en esa frase, me di cuenta de que no era yo hablando. Era mi ego haciéndola de Juan Camaney. Opinando antes que yo, cancelando ideas sin revisarlas, juzgando conceptos que ni había entendido. Siendo ese tío incomodo que da consejos sin que se los pidas.” Y vaya que me incomodó. Tanto que tuve que detenerme, respirar y decirme: a ver, bájale dos rayitas.

Ese fue el instante en el que entendí que ser experto no es malo. Lo malo es creerte tanto tu propio cuento que te impide ver nuevas posibilidades. Porque cuando ya no te sorprendes, cuando ya nada te intriga, cuando ya no preguntas, cuando ya no exploras… entonces sí estás en problemas… en mi caso, perdí la magia, deje de ver oportunidades y solo veía amenazas.

En ese momento, nació mi mantra: GROW WISER, NOT OLDER – vuélvete sabio, no viejo- Porque envejecer profesionalmente es inevitable, pero volverte sabio es opcional. Y uno no se vuelve sabio acumulando años, sino acumulando curiosidad.

Ser amateur es mantener vivo esa hambre. Es reconocer que sí, tienes experiencia, pero también tienes lagunas. Y qué bueno. Porque las lagunas obligan a moverte, a investigar, a leer, a preguntar, a reinventarte. El amateur no teme al cambio, lo persigue. El experto se resiste. Y en esa resistencia se empieza a despedazar como bolillo de 5 días.

Lo que más disfruto del estado amateur es que no se toma tan en serio. No presume. No se infla. No bloquea. Al contrario: pregunta, se ríe de sí mismo, prueba, falla, vuelve a intentar. Y ahí, en esa terquedad infantil, está la magia.

A veces se nos olvida, pero las mejores ideas suelen nacer de lugares inesperados. De una frase mal dicha, de una tendencia extraña, de un video viral absurdo, de una pregunta tonta que alguien se atrevió a decir en voz alta. Eso no lo hace el experto. Eso lo hace el amateur.

Y no lo digo desde la teoría, lo digo desde la trinchera. Cuántas veces no hemos visto a marcas que se quedan atrapadas en su propia fórmula, repitiendo lo mismo una y otra vez hasta que la audiencia simplemente deja de escuchar. ¿La razón? Se clavaron en ser expertos. Dejaron de experimentar.

Por eso insisto: sé amateur, compa. No te claves en sentirte el más chingón del cuarto. Mejor sé el más curioso. El que pregunta. El que observa. El que sigue aprendiendo. Porque ese es el que eventualmente termina rompiéndola.

Al final, todos sabemos que la industria no va a bajar el ritmo para esperarnos. Así que más vale que nos agarre ligeros, flexibles, inquietos. Y si para lograr eso hay que abrazar la mentalidad del amateur. ¡Sin pena… sin miedo al éxito!

Si quieres mantenerte amateur —sin perder la dignidad en el intento— hay pequeños hábitos que ayudan. El primero: duda de ti mismo tantito, nomás tantito. Esa microduda es milagrosa: abre espacio para ideas que tú yo-experto hubiera descartado por deporte.

Segundo: pregúntale cosas a quienes tienen diez años menos que tú. Sí, ya sé, duele. Pero esos chamacos ven el mundo sin filtros corporativos, y eso es oro. Aunque entiendas solo la mitad, la otra mitad te hace pensar.

Tercero: juega. Sí, juega. Haz tonterías creativas que no sirven para nada… y verás cómo, sin querer, te sirven para todo.

Y cuarto: Sácale curas – ríete- de tu versión experta cada que puedas. No lo mates; solo bájalo del pedestal y dile que se relaje. No pasa nada si no tienes todas las respuestas. Lo grave es creer que ya no tienes preguntas

Te dejo la reflexión: ¿en qué parte de tu trabajo te sientes experto… y en cuál sabes que te conviene volver a ser amateur antes de que el mundo te deje atrás?

La mente del Amateur #EsLaCalle

 

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