El CMO entre el CFO y el algoritmo: la década del “menos”

El CMO entre el CFO y el algoritmo. Foto: Bigstock.
El CMO entre el CFO y el algoritmo. Foto: Bigstock.
El CMO moderno vive atrapado entre dos fuerzas que no negocian: el CFO, que exige trazabilidad financiera, y el algoritmo, que promete eficiencia a cambio de control. Con presupuestos presionados, automatización creciente en plataformas y medición cada vez más compleja, liderar marketing ya no es solo crear demanda: es defender inversión, recuperar soberanía creativa y construir crecimiento que resista la auditoría… y el scroll.

El CMO de hoy no compite solo contra marcas. Compite contra el escepticismo interno. En muchas organizaciones, marketing dejó de ser “el área que hace campañas” para convertirse en “el área que debe justificar cada peso como si fuera CAPEX”. Y, al mismo tiempo, dejó de dominar su propio tablero: la distribución y la optimización se desplazaron hacia sistemas automatizados que deciden, en tiempo real, qué mensaje se muestra, a quién y con qué combinación creativa.

 

El marketing entra a la era del “menos”

El contexto no es una percepción: hay evidencia de que el espacio de maniobra se redujo. Gartner reportó que los presupuestos de marketing cayeron a 7.7% de los ingresos en 2024 (desde 9.1% en 2023) y lo describió como una “era de menos”, con presión estructural sobre el gasto. En 2025, Gartner volvió a señalar que los presupuestos se habían “aplanado” en ese mismo nivel, reforzando la idea de estancamiento en la inversión relativa.

En paralelo, la presión directa desde finanzas se hizo explícita. The CMO Survey (Duke/AMA/Deloitte) reportó que 63% de los CMOs sienten mayor presión por parte del CFO, por encima de mediciones previas, y que la principal tensión es demostrar impacto en resultados financieros. Cuando el dinero cuesta más (o se siente más escaso), el marketing entra a quirófano: se le audita, se le exige causalidad y se le recorta lo que no puede explicarse en un dashboard.

Hasta aquí, el problema parecería “solo” presupuestal, pero, no lo es.

 

La eficiencia se compra con autonomía

Mientras el CFO aprieta, las plataformas ofrecen una salida seductora: automatización. Google, por ejemplo, describe Performance Max como un tipo de campaña que usa Google AI para optimizar en puja, presupuesto, audiencias, creatividades y atribución, en tiempo real y a través de múltiples inventarios. La promesa es tentadora para cualquier organización auditada: “menos fricción, más resultados”.

El costo oculto es que el CMO empieza a liderar un sistema donde la lógica de optimización no siempre coincide con la lógica de marca. El algoritmo tiende a premiar lo que convierte hoy, no necesariamente lo que construye preferencia mañana. Y cuando el performance se vuelve el lenguaje dominante para convencer al CFO, el marketing cae en una trampa: confunde lo medible con lo valioso, y lo inmediato con lo importante.

 

Cuando el CFO pide certeza y el mercado ofrece niebla

La paradoja se agrava porque la medición es cada vez más difícil justo cuando se exige más precisión. Parte de esa dificultad viene de cambios estructurales en privacidad y rastreo. Investigaciones académicas han cuantificado impactos económicos de políticas como App Tracking Transparency (ATT) de Apple sobre la efectividad de la publicidad dirigida y el desempeño de anunciantes, mostrando que la industria se movió a un terreno más complejo para atribución y optimización. Al mismo tiempo, reguladores europeos han cuestionado cómo se implementó ATT por sus efectos competitivos, lo que confirma que no estamos ante un “ajuste menor”, sino ante un cambio de régimen en el ecosistema publicitario.

Así nace el conflicto central del CMO contemporáneo: el CFO pide causalidad; la realidad ofrece probabilidades. El algoritmo promete optimización; pero a menudo opera como caja negra. Y el CMO queda en medio, intentando sostener creatividad con narrativa mientras la organización le pide, simultáneamente, eficiencia quirúrgica y certeza financiera.

 

El error no es usar algoritmos, es renunciar a gobernarlos

Sería fácil caer en la nostalgia: culpar a finanzas por “no entender” y culpar a plataformas por “automatizarlo todo”. Esa lectura es cómoda y estéril. La crítica útil es otra: en demasiadas empresas, marketing se acostumbró a pedir fe en vez de construir evidencia, y se acostumbró a comprar eficiencia en plataformas en vez de diseñar un sistema propio de aprendizaje.

El CMO que solo defiende creatividad sin traducirla a negocio pierde contra el CFO, porque el CFO habla el idioma del riesgo y del rendimiento. Pero el CMO que se entrega por completo a la optimización algorítmica pierde contra el mercado, porque la marca se vuelve intercambiable: si todo se optimiza igual, todos terminan pareciéndose.

El liderazgo real hoy consiste en construir un “puente” entre ambos mundos. No para complacerlos, sino para gobernarlos.

 

Cómo liderar cuando el presupuesto se audita y la creatividad se optimiza

El punto de partida es aceptar que el CMO ya no dirige solo campañas: dirige un portafolio de inversiones bajo escrutinio. Eso exige una narrativa financiera clara, con definiciones acordadas sobre qué se mide, qué se atribuye y qué se asume. The CMO Survey subraya que la presión no es solo por reportar, sino por demostrar impacto financiero; esa es la cancha, y hay que jugarla mejor.

El segundo paso es recuperar soberanía sobre el aprendizaje. Si Performance Max y sistemas similares optimizan creatividades y audiencias, el rol del CMO no es pelear contra eso, sino diseñar el marco de inputs, criterios y calidad creativa para que la automatización trabaje para la estrategia, no al revés. Google mismo reconoce que la IA se potencia con lo que el anunciante aporta: objetivos, señales de audiencia, creativos de calidad, conversiones valiosas. La automatización no elimina la estrategia; castiga su ausencia.

El tercer paso es proteger la construcción de marca como un activo que también rinde en el corto plazo, no como un lujo romántico. Hay evidencia y discusión seria sobre la asimetría entre corto y largo plazo y sobre cómo la construcción de marca puede mejorar incluso resultados inmediatos, justo lo que el CFO quiere ver. Cuando el CMO logra traducir “marca” a elasticidad de precio, confianza y eficiencia de activación, deja de pedir permiso y empieza a justificar inversión con lógica de negocio.

 

El nuevo CMO no pide presupuesto, lo gana

El CMO atrapado entre el CFO y el algoritmo tiene dos salidas fáciles: volverse un gerente de performance que reporta ROAS sin construir significado, o volverse un defensor de la creatividad que no puede explicar retornos. Ninguna es liderazgo.

La salida difícil —y la única sostenible— es convertirse en un arquitecto de crecimiento: alguien que entiende finanzas lo suficiente para auditar su propio trabajo, y entiende sistemas lo suficiente para no ser gobernado por una caja negra. En la década de la optimización, la verdadera ventaja competitiva no es tener mejores algoritmos. Es tener mejores decisiones.

 

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