Inicié el año con el pie izquierdo, después de una serie de complicaciones respiratorias, recibí las campanadas con las pompis de coladera y las uvas regadas por la cama, muy al estilo del discurso que se emplea en la publicidad para conmiserarnos de todo el caos que reina en el mundo.

En realidad no estuve tan grave, tampoco es cierto que todas las empresas emplean los sucesos lamentables como su elemento central publicitario. Sin embargo, lo que es una realidad es que el año que avizoraba con gran ímpetu en el medio, se ha visto perturbado por el BTL ciudadano, empañando y minimizando todas las acciones que emprenden las marcas.

En la época de la “política ficción” las personas normales cuestionan todo, confían en sucesos extraordinarios para que la esperanza se recobre y unos que otros alertan sobre la presencia de extraterrestres que harán que el marketing deslavado recobre su encanto.

Si la política y sus actores, los gobiernos y funcionarios, los artistas y maestros, si las personas comunes y corrientes son puestas en tela de juicio, imagínese las campañas, las agencias, los creativos y todo el titipuchal de sus premios.

Como he mencionado en anteriores colaboraciones, las campañas publicitarias en la actualidad son producto de los consumidores, empleados e incluso de personas que no conocen lo que las marcas ofertan, esa es la irónica situación que vivimos.

Irónica porque en el sector podemos toparnos con esfuerzos que parten de amateurs galardonados por la empatía que generan con los públicos, o con aquellos que como el burro que tocó la flauta, le atinan a una formula que piensan funcionará bajo cualquier esquema.

Las personas ya no creen en la política, consideran que el arte ha muerto, que el marketing no ha hecho consumistas y que la publicidad es el enemigo número uno de la humanidad. Tal vez porque como mencionaba en mi cuenta de Twitter, solemos culpar de manera parcial a nuestros propios inventos, en lugar de buscar destacar los motivos por los cuales los creamos.

Para que me entienda mejor lo anterior, no veo a personas culpando a los médicos de la automedicación, ni he sabido de gente que descalifique a los maestros de yoga por todos aquellos que ahora maldicen en ciclos de respiración controlada mientras hacen la postura del perro mirando hacia abajo, es más, ni siquiera he visto algún comentario de Bubulubu por todas las personas que usan leggins sin el consentimiento o licencia de marca.

El apocalipsis esta cerca, más cuando se gestan cambios significativos en la sociedad, pues al cambiar la óptica ciudadana, las empresas, marcas y campañas, deben de traducir los signos y señales, para así adaptarse y evolucionar.

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